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DIARIO DE ABORDO BETATESTER I


Estábamos navegando en un gran barco y nos despertábamos escuchando el oleaje romper contra los costados de este, mientras nos mecíamos suavemente. Llevábamos casi un año en alta mar sin encontrar tierra, cuando de repente un día, mientras limpiaban la bodega, Franchu, el segundo de a bordo, se encontró un mapa escondido entre dos barriles. Al abrirlo, este pudo distinguir lugares que creía ficticios. Islas y poblaciones que formaban parte del imaginario de su tierra natal, de los que había oído hablar en los cuentos que le contaba su familia, que se comentaban en la plaza, pero que no se creían reales. En seguida se lo entregó al capitán, quien, también atónito, decidió poner rumbo para investigar lo mostrado en el mapa.


Tras una semana camino a las islas, una mañana nos despertamos y subimos a la cubierta, donde pudimos ver al capitán junto a Franchu, que observaba el mapa.


- Si viramos a la derecha, en unas 200 millas llegaremos a la isla más cercana, Capitán – comentó Franchu, y pusimos rumbo al destino.



Poco a poco nos fuimos acercando a aquel lugar sin explorar. No sabíamos lo que nos íbamos a encontrar, solo que era una isla a la que nadie se había atrevido a ir, y si lo habían hecho, lo que estaba claro es que no habían regresado. Existían muchas leyendas sobre la fauna que en las distintas islas se podrían encontrar: desde el más pequeño lagarto hasta grandes dragones, que acabarían con todo el que osase pisar sus costas. Pero la tripulación del navío era valiente, y nos propusimos ser los primeros en volver y contar lo visto.


Estábamos a punto de hacer historia, de pisar esas tierras por primera vez, así que anclamos el barco y bajamos de él para llegar a pie a la costa. El sol estaba en lo más alto y hacía mucho calor, pero la emoción de la gente hizo que esto pasase a un segundo plano, decidiendo disfrutar de la zona en la que se encontraban antes de investigar el interior de la isla.





Julia, que viajaba con nosotros, no perdía detalle de lo que había a su alrededor, y se puso inmediatamente a dibujar todo lo que veía. Las plantas, mientras las clasificaba; los pequeños insectos que se subían por ellas... El capitán, al ver su entusiasmo y destreza, le propuso la misión de documentar el suceso. Tendría que crear un libro de artista para llevar a la vuelta y mostrar lo descubierto, una gran responsabilidad que aceptó. Tras la comida, decidimos empezar a andar hacia el interior y buscar un sitio en el que asentarnos para pasar la noche. En la isla abundaba la maleza, costaba abrirse el paso, pero tras una hora caminando, Julia se separó un poco del grupo al escuchar un ruido. Sabía que, si quería investigarlo, tendría que ser sigilosa, y si avisaba al resto, lo que fuera que hiciese ese ruido, se asustaría.





Siguió por donde le parecía que venía aquel sonido cuando de repente fue sorprendida por Hugo. Hugo era el mecánico del barco. Antes de embarcarse en esta aventura, se había dedicado a tunear coches. Fuera el modelo que fuese, Hugo lo podía manipular a su antojo de una manera prodigiosa, y accedió a unirse a la tripulación con la condición de poder llevar uno de sus últimos trabajos en el barco para poder continuar con lo que tanto le gustaba. A saber si les podría ser de utilidad, pero no venía mal llevar un vehículo que les pudiera desplazar en tierra firme. Hugo había seguido a Julia, por mera curiosidad, pero al sorprenderla, el ruido desapareció, y decidieron volver con el resto.






Llevábamos tres días en aquel lugar y cada uno de ellos nos pareció más extraño. Cada día nos despertábamos con un sonido diferente. Cuántos animales distintos había allí continuaba siendo un misterio para nosotros, pero Julia ya contaba más de 60 seres entre insectos, anfibios, reptiles, aves y mamíferos. No habíamos vuelto a la costa en todo este tiempo, por lo que, si contamos los peces y moluscos, la cifra aumentaría considerablemente. El único que había vuelto, solo, fue Franchu, ya que quería recorrer el perímetro de la isla para poder modificar el mapa y ajustarlo. Julia y Hugo se dedicaron a descubrir los alrededores del campamento, que se encontraba en un claro. En una de sus incursiones, juraron ver una figura humana. No estaban seguros del todo. El haber estado tanto tiempo fuera o el que estuviera oscureciendo puede que les confundiera, pero de ser así, ¿cómo podría alguien haber llegado a aquel lugar? ¿Cómo pudo sobrevivir él solo, si es que estaba solo? Una mañana, Julia se despertó fuera del campamento. No supo cómo había llegado ahí, pero cuando fue abriendo los ojos, pudo distinguir una figura distinta. Esta intentó calmarla al ver que se asustaba y le dijo su nombre: Bruno.


Bruno era un chico que vivía en la isla. Llevaba desde que era pequeño allí solo, ya que el barco con el que llegó naufragó y fue el único superviviente. Se había hecho con la isla. Poco a poco conoció la fauna y fue respetado por ella, de la misma manera que aprendió a sobrevivir con los medios que la isla le brindaba. Este había estado observando a Julia. Sentía curiosidad por su trabajo. Desde que llegaron le veía con su libro dibujando, y quiso ayudarle al esta explicarle lo que pretendía con aquel libro. Bruno le propuso mostrarle todos los animales a cambio de víveres y medicamentos, pues se había hecho daño consiguiendo alimento, y le hizo prometer que una vez tuvieran los conocimientos que buscaban, íbamos a abandonar la isla y no volveríamos. Era su casa y nosotros unos intrusos.





Todas las mañanas durante los siguientes seis meses, Julia se zafaba del resto y se reunía con Bruno para descubrir nuevos seres. Les dibujaba con la ayuda de su nuevo amigo, que creaba pequeñas reproducciones de los mismos a pequeño formato, como si se tratase de una especie de zoológico en miniatura. Pero a Julia no sólo le interesaba retratar animales, y empezó a crear personajes a raíz de lo que iba viviendo, por lo que poco a poco su libro de artista fue tomando forma.


Se iba acercando el día de irnos. Franchu había modificado el mapa para que fuese lo más fiel a la realidad posible y, al hacerlo, pudo ver que la siguiente isla no estaba tan lejos como nos habíamos imaginado. Recogimos nuestras cosas y dimos por finalizada nuestra aventura en este primer territorio. Levamos anclas y pusimos rumbo a nuestro siguiente destino. En el mapa era de las pocas que aparecían con nombre: nos dirigíamos a Isla Simón.


Ya desde lejos podíamos ver que esta isla sería muy diferente. Un distinguido color naranja predominaba en el paisaje, recordando una puesta otoñal. No se respiraba la misma paz, como si algo malo fuese a ocurrir en cualquier momento. Hugo miró a través de los prismáticos y describió una figura, del mismo color que caracterizaba el lugar.

  • Es una… ¿calabaza? - dudó Hugo - ¡Capitán! ¡Tiene que ver esto! ¡Una calabaza nos está haciendo gestos en la orilla!

Caímos en que las leyendas se le quedaban cortas al archipiélago. Habíamos oído hablar de dragones, pero nunca de calabazas. Y de haber encontrado lo segundo, ¿dónde estaría el dragón? ¿Sería la calabaza más peligrosa?





Continuará...


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